sábado, 28 de noviembre de 2009

Graffiti "Político" 1

El graffiti, ha sido un arma y medio para expresar consignas e inconformidad, incluso como propaganda.

La Universdad no se salva de ello, y más allá de que sea bueno o malo, es transgresor.
CU-Mexico-rectoria-1.jpg

El hecho de que CU haya sido declarado patrimonio cultural de la Humanidad por la UNESCO, me invita a replantearme el carácter moral del acto de graffitear CU. Mientras trato de llegar a una conclusión, les traigo esta galería, las fotos fueron tomadas un día después del "paro nacional" que no fue paro ni fue nacional.

1. "Contra toda privatización"; "Pinto y lucho"

2. "La Educación es pública y gratuita"

3. "!No, al miniTEC!"


4."Cuanto pagaste?"


5."Fuera TEC de filos"


6. Ésta se las debo completa porque no se ve bien y no me acuerdo. "Mientras haya un soñador, habra..."

viernes, 27 de noviembre de 2009

Arremangala y arrempujala!!!!!

Gran canción posmoderna, que promete hacer una revolución en el género y en todo el mundo.



Sólo superada por grandes obras de la historia como: el sonidito, la batidora, el kulikitaka y esas rolas que están presentes en nuestro imaginario por más que las odiemos (o aparentemos odiar).

Orgánicos e Inorgánicos, aprendamos a separar la basura

Si bien no todo el contenido de la TV es basura, sí la gran mayoría.



¿Será lo mismo con las personas?

¿Conectados o Desconectados?

Continúo con los textos de Jorge Majfud (PhD, Lincoln University, School of Humanities, Department of Foreign Languages and Literatures).

Ahora, reflexiona sobre los nuevos cyborgs (o zombies), de la cultura posmoderna, donde las emociones vienen en bits y prefabricadas, dónde el mundo es"una jaula de luces y sonidos cada vez más repetidos y anestesiantes.

Las luminarias enceguecen, los ruidos ensordecen, las comunicaciones incomunican".
A usted amable lector con acceso a Internet: ¿se siente conectado o desconectado?

ALAI, América Latina en Movimiento

2009-09-19


Sign out, log off, shut down and turn off

Cyborgs

Jorge Majfud


Un día de 1997 me encontraba navegando en un pequeño barco de madera en el océano Índico. Iba con Joseph Hanlon, un viejo lobo norteamericano nacionalizado británico, reconocido escritor y periodista de la BBC y reconocido opositor al apartheid en Sud África. También iba su esposa y un nativo makua que conocía aquellas aguas.

Después de haber recorrido cuarenta países, mi capacidad de sorpresa y ensoñación se habían renovado. Era el fin del mundo, el lugar donde se unían el cielo y el mar, el paraíso y el infierno. Nada más parecido que volar en un barco de madera. Allí las aguas son tan trasparentes que uno puede andar horas viendo pasar los corales en el fondo del mar como si fuesen países vistos desde un avión. Con frecuencia los delfines seguían nuestro vuelo jugando como niños y los peces voladores planeaban sobre la superficie del agua como si fuesen pájaros de cristal brillando bajo el sol.

Una tarde llegamos a una isla poblada por kimwanis. Nos alojamos en un antiguo edificio portugués. En Mozambique, después de la revolución de independencia y a pesar de que el gobierno era marxista, cualquiera podía comprar un extenso pedazo del paraíso por cincuenta dólares. El problema era habitar aquello.

Nosotros estábamos de paso y nos quedamos una o dos noches allí.

Esa noche los jóvenes kimwanis me invitaron a una fiesta que tendrían en un local cerca del mar. Un remedo torpe de los bailes en el mundo moderno. De alguna forma alguien había conseguido un disco viejo de Madonna y unas pocas lámparas que eran alimentadas por un generador de barco que hacía más ruido que el pasadiscos. Las jóvenes salvaban la originalidad de su pueblo con la belleza de sus capulanas.

Al regresar a la villa atravesamos el centro de la antigua ciudad colonial, totalmente abandonada. La avenida principal estaba cubierta de una arena blanca que reflejaba con intensidad la luz de la luna. Entonces recordé el relato de uno de los jefes de cuadrilla del astillero donde trabajábamos. El jefe lo había enviado unos meses a Alemania para aprender carpintería y al entrar en un shopping center se mareó con las luces y se perdió en el alucinante laberinto del consumo. Finalmente lo encontró la policía, temblando escondido en un baño, no sé si de hombres o de mujeres.

Para mí la experiencia era la contraria. Sumergido en ese cuadro surrealista casi no podía distinguir si caminaba sobre una avenida de arena o nadaba sobre las transparentes aguas del océano de corales. Las casas de aquella ciudad abandonada en una isla tropical fuera de todos los circuitos turísticos estaban ciegas y mudas, apretadas unas contra otras. Las sombras de los árboles y de los balcones eran de un negro impenetrable. Todo el paisaje era irreal, el silencio y los olores. Todo poseía una intensidad existencial imposible de encontrar en las ciudades modernas donde la sobreexcitación ha anestesiado toda sensibilidad.

Uno de los defectos de nuestro mundo desarrollado es el haberse convertido en eso: una jaula de luces y sonidos cada vez más repetidos y anestesiantes. Las luminarias enceguecen, los ruidos ensordecen, las comunicaciones incomunican.

No hace mucho un estudiante llamó a la puerta de mi oficina porque quería hablar conmigo sobre un curso. Venía hablando solo, por lo que pensé que debía llevar uno de esos teléfonos que muchos llevan incrustados en su cerebro por el lado del oído derecho. Un nuevo cyborg.

Por un momento dudé si realmente estaba hablando con alguien más al tiempo que me preguntaba por unos textos que debía leer para la semana. Llegando al límite de mi paciencia le pregunté si estaba hablando conmigo o con alguien más.

“Con los dos”, me dijo.

Traté de no perder las normas de civilidad y le dije que se desconectara o saliera de mi oficina. A lo cual se justificó con el cuento de la generación multiple-task.

“Oh, la Generación de Tareas Múltiples. Muy bien. Ahora, ¿podrías resumirme la conversación que acabamos te tener?

“Emm, so… Sí, usted me hablaba de un texto”.

“¿De qué texto?”

“Emm… I mean…”

Prolongué el silencio a propósito.

Desde el siglo pasado vengo argumentando acerca de las oportunidades históricas de una radicalización del humanismo en la expansión de la educación, la cultura y el poder político e ideológico de las clases populares a través de los nuevos sistemas interactivos de comunicación. Cada vez con más frecuencia debo desilusionarme ante estos groseros desvíos de una supuesta conscientização de la que hablaba Paulo Freire, de esa dulce utopía de la liberación de los hombres y mujeres sin poder a través de su independencia laboral y educativa. Cada vez con más frecuencia experimento esa frustración de que esta liberación es tan ilusoria como el conocimiento de alguien a través de una “sociedad virtual” como Facebook donde hasta las emociones vienen prefabricadas y empaquetadas. Los viejos vicios de las grandes cadenas de televisión, como el adoctrinamiento a través de la propaganda, se reproducen también en Internet. Con el agravante de que ahora la dependencia no tiene horario ni tiene barreras económicas. Basta con estar conectado.

Con el agravante de que ahora la alineación se confirma a sí misma con la orgullosa superstición de un individuo finalmente liberado.

Sólo queda una esperanza: que esos torpes balbuceos, que toda esa alienación no sea otra cosa que la expresión de una etapa infantil en preparación de otra más madura.

“OK, ¿podrías al menos decirme de qué hablabas con tu amigo?”, pregunté.

“Asuntos personales”, contestó. Otra frase prefabricada.

“Para asuntos personales está la cafetería. No me haga perder el tiempo con teorías del Pato Donald. La Generación de las Tareas Múltiples no es otra cosa que el nombre elegante de una Generación de Mutilaciones Múltiples. Vaya, haga algo por la humanidad. Arroje ese anzuelo a la basura. Agarre un libro, un diario, una manzana, algo que sientan sus manos. Salga a mirar la luna. Apague las luces de su apartamento. Por favor, haga sign out, log off, shut down and turn off. Desconéctese. Escuche ciento cincuenta veces el silencio antes de volver”.

Cuando el muchacho se fue, probablemente manejando su Ford Explorer y escribiendo en su iPod con el pulgar derecho a algún otro cyborg en Japón o en España sobre lo que le acababa de ocurrir con su profesor, comprendí que mi fastidio se había multiplicado por otra razón adicional. El muchacho era una caricatura de mí mismo, de todos nosotros, de la nueva sociedad anónima de ciegos insectos que van a morir abrazados por el fuego de las luminarias.

Entonces me desconecté y salí a respirar.

- Jorge Majfud, PhD, Lincoln University, School of Humanities, Department of Foreign Languages and Literatures. www.majfud.50megs.com - http://escritos.us Ultimo libro: La ciudad de la Luna (novela, 2009)


http://alainet.org/active/33134⟨=es

Las máscaras en la Posmodernidad

La máscara nos hace reales, a la vez que oculta nuestro lado "políticamente correcto". Caso curioso en la cultura Anglonorteamericana, dónde se rinde culto al héroe (una manifestación de esa máscara).

http://www.lashistorias.com.mx/wp-content/uploads/2009/10/ZarateOmnibus.jpg
ALAI, América Latina en Movimiento

2009-10-19

Superhéroes (I)

La cultura de las máscaras

Jorge Majfud

Accidente y desdoblamiento.
Una anécdota cuenta que los inspectores de una aduana nunca pudieron descubrir qué traficaba un hombre en su carretilla porque traficaba carretillas. Semejante, la máscara del superhéroe es el símbolo visible de lo que pretende ocultar. La historia matriz del héroe, a través del desdoblamiento, enmascara la realidad de la cual deriva, es decir, la cultura hegemónica del capitalismo del último siglo.
Si vemos los héroes de la “cultura de masas”, desde Superman hasta The Terminator, veremos que sus características —la máscara y el desdoblamiento— permanecen pero también revelan un cambio en el inconsciente colectivo norteamericano.
Semejante a lo expuesto por Joseph Campbell (1949) sobre los mitos antiguos, vemos que el nacimiento del héroe moderno es una forma de renacimiento producido por una muerte simbólica, por un accidente tecnológico. Pero el “accidente” nada tiene de accidental porque cierra la fractura ideológica tanto como la realidad la abre.
Si las armas de defensa y destrucción son el resultado de una economía capitalista que se basa en la reproducción indefinida del capital, si la tecnología militar es el productos del cálculo y la reproducción en serie, si el héroe real es honrado en “la tumba del soldado desconocido” y sus guerreros son anónimos y actúan en masa como un gran mecanismo impersonal, entonces el superhéroe es presentado como un individuo único y sus armas son únicas y nunca producto de un cálculo tecnológico que pueda hacer dos. Por esta razón, es necesario recurrir una vez más al accidente. Incluso para fabricar las armas excepcionales del héroe excepcional. Es necesario que se deje constancia que el escudo de Capitán América, el héroe investido accidentalmente de superpoderes, también es producto de otro accidente: este escudo está hecho de una aleación irreproducible, creada por casualidad y no puede ser duplicada.
La realidad es precisamente la contraria: no hay accidentes creadores; hay destrucciones calculadas. No hay individuos ni hay obras originales sino lo contrario: todo es producido en serie, el pueblo es la masa y los ciudadanos son productores primero y consumidores después.
El accidente divide la vida de todos estos superhéroes en dos, el real y el superdotado, el trabajador anónimo y el consumidor de fantasías productivas.
Todos los héroes popularizados por la cultura hegemónica poseen una doble personalidad, como la práctica y el discurso. En gran medida este fenómeno podemos encontrarlo en Europa en historias más antiguas, como en los cuentos infantiles. Todas las historias de sapos príncipes, de cuentos africanos y una infinidad de mutaciones fantásticas que revelan un origen antiguo de esta dualidad psicológica (Karl G. Jung). La personalidad secreta es agresiva, violenta e irracional. La dualidad parece de forma explícita en la Inglaterra de Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde (1886). El contexto era otro; otro imperio, el británico, la Revolución industrial y el positivismo científico. Tanto la Pax Británica, el progreso industrial como el positivismo racionalista se manifiestan en estos mitos como el horror a lo irracional.
Pero en la cultura angloamericana la máscara y la dualidad se radicalizan. La fuerza irracional se reivindica.
Entre Superman (1933) y la serie televisiva El Fugitivo (1967) hay una historia de cambios mundiales. En el caso de Richard Kimble, la metamorfosis es la inversa que en Clark Kent: el rostro público es el criminal mientras que el rostro ilegal es el rostro positivo, el rejuvenecido. Superman es el músculo del poder hegemónico que hace justicia. El Fugitivo es la astucia del oprimido por la justicia.
Cuando todavía no existía la criptonita y Superman no tenía ningún límite a su fuerza bruta, uno de los personajes de Superman se burla del héroe diciendo: he may possess super strength but he was as easy to trick as a child (tal vez posee superpoderes pero fue tan fácil engañarlo como a un niño)”. Por si fuese poco, pocas veces Superman hace gala de su inteligencia. Podríamos decir que nunca: resuelve esta debilidad con más fuerza muscular.
La otra debilidad de Superman es la misma Louis Lane, quien es tan hermosa y deseada como tonta, ya que cada una de sus propias iniciativas —luego de humillar o desobedecer a Clark Kent— terminan en catástrofe y en otra buena oportunidad para la aparición de Superman a su rescate.
Pero aún en El fugitivo (Richard Kimble) la máscara y el desdoblamiento sobreviven. El accidente es doble: primero el asesinato de su esposa que cambia su vida; segundo el accidente del tren que le permite escapar y lo salva de morir en manos de una “justicia ciega” (“an innocent victim of blind justice”). El fugitivo se cambia de identidad (nueva mascara) y huye de la policía. El fugitivo es un doctor honorable/convicto, un perseguido/liberado, etc. Es decir, es el correcto ciudadano que realiza el sueño de la clandestinidad, la dualidad que está en la fundación misma de Estados Unidos: la legalidad y la desobediencia, la justicia propia e irracional del oprimido y la justicia formal, “políticamente correcta” del opresor. También así está el accidente providencial, real o imaginario, como la tormenta que cambia el rumbo y el destino de los peregrinos del Mayflower en 1620.
La creciente secularización que sigue a la revolución francesa y a la revolución industrial (Eric Hobsbawm) significó una lucha contra los poderes teocráticas que dominaron las sociedades occidentales. Pero al mismo tiempo el vacío es ocupado por una naturaleza científico-tecnológica que suplanta la antigua función de las iglesias en la articulación de un discurso mítico de las mismas sociedades. Superman siempre aparece del cielo cuando la víctima lo necesita en ocasiones la víctima ruega su ayuda, lo cual es un claro sustituto de Dios, sobre todo del Dios del Antiguo Testamento que promete justicia aquí en la tierra, no en el más allá de cristianos y musulmanes.
- Jorge Majfud, Lincoln University, octubre 2009.


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